martes, 28 de septiembre de 2010

Independencia de Centroamérica

Al recibir la noticia de lo ocurrido en Chiapas, el Capitán General Gabino Gainza convocó a los funcionarios españoles, así como a representantes del Ayuntamiento, la Iglesia y otros gremios de la ciudad, a una reunión extraordinaria para tomar una decisión al respecto.
Los líderes republicanos, como el Dr. Pedro Molina y José Francisco Barrundia, no fueron invitados al palacio de gobierno, pero estaban decididos a hacerse escuchar. El amanecer los encontró recorriendo los barrios de la ciudad,
explicándole al pueblo la trascendencia del momento político. Una vez iniciada la reunión, Dolores Bedoya, esposa del Dr. Molina, junto con otras mujeres republicanas, mandaron a disparar una gran cantidad de cohetes para que el pueblo acudiera a la plaza.
Poco después, el portal, patios, corredores y antesalas del palacio se hallaban atestadas de gente. Ante cada voto en favor de la proclamación inmediata de la independencia, la multitud estallaba en aclamaciones y gritos de júbilo.
Toda opinión contraria era recibida con murmullos y rechiflas. Cuando los ánimos empezaron a caldearse, el miedo se apoderó de aquellos que se oponían a la independencia y empezaron a abandonar el salòn.
El nicaragüense Miguel Larreynaga pronunció un encendido discurso llamando a votar por la independencia inmedia
ta' y su moción fue aprobada por la mayoría. Correspondió al intelectual hon
dureño José Cecilio del Valle la tarea de redactar el Acta de la Independencia' suscrita ese histórico 15 de septiembre de 182l.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Independencia de México y Centroamérica

Ideas independentistas en Centroamérica

Los centroamericanos aprove- charon el restablecimiento de la libertad de prensa para promover las ideas independentistas. Con ese fin, el Dr. Pedro Molina - uno de los patriotas guatemaltecos más brillantes y comprometidos con la causa republicana - fundó un periódico titulado El Editor Constitucional, que empezó a circular el 24 de julio de 1820.
Aunque el Capitán General de Guatemala también había jurado respetar la Constitución, Mo- lina sabía que su iniciativa era arriesgada. Tanto él, como sus allegados, habían sufrido en car- ne propia la persecución españo- la durante el período del "Terror
Bustamantino". No obstante, proclamó su voluntad de asumir el riesgo de hacer pleno uso de sus derechos ciudadanos, en aras de construir un futuro mejor para su patria:

"Las circunstancias nos obligan imperiosamente a mirar por nosotros mis- mos, ya sea reclamando el cumplimiento de la Constitución, ya preparando la opinión para lo futuro. Esto nos proponemos ahora, decididos a sacrificarnos al bien de la patria, si por ello nos quisieren sacrificar sus enemigos. ¡Caigan las ruinas de la patria sobre nosotros, si no 1 iciéremos por mejorar su futura suerte!".

La campaña de Bolivar

Mientras los patriotas america- nos daban sus primeros pasos hacia la independencia, toda Europa se hallaba convulsionada por la guerra. A inicios de 1814, Francia fue invadida por una coalición de ejércitos europeos y Napoleón fue obligado a renunciar al trono imperial. Después de seis años de cautiverio, Fernando VII pudo regresar a España.
Pero, para sorpresa de los patriotas que habían combatido en su nombre, el ingrato rey se empeñó en imponer de nuevo el absolutismo. Una de sus primeras disposiciones fue abolir la Constitución de Cádiz y restaurar la Inquisición. Sin embargo, los americanos ya no estaban dispuestos a aceptar el despótico sistema colonial. Aunque el fusilamiento del padre Morelos y la feroz represión de Bustamante habían apagado el ánimo de los
insurgentes en México y Centroamérica, se combatía a muerte contra el ejército colonial en América del Sur.
En efecto, los criollos venezolanos habían proclamado la independencia de su patria desde julio de 1811. Sin embargo, una cruel guerra civil, atizada por el odio racial y la rivalidad entre caudillos regionales, paralizó la causa independentista.
Derrotado, el líder venezolano Simón Bolívar salió al exilio y se refugió en Haití, que se había independizado de Francia en 1804, después de una larga guerra librada por los esclavos africanos en contra de los grandes plantadores de azúcar. El presidente haitiano, Alexandre Pétion, ofreció su apoyo a Bolívar, a cambio de su promesa de liberar a los esclavos venezolanos.
Gracias a su ayuda, Bolívar pudo organizar una nueva expedición que des- embarcó en Venezuela en diciembre de 1816. Una de sus primeras disposicio- nes fue decretar la abolición del sistema esclavista. Después, se dirigió hacia las vastas regiones ganaderas del interior del país, hogar de los valientes e indómitos "llaneros", y estableció una alianza con su caudillo, José Antonio Páez. En 1819, Bolívar emprendió una de las hazañas militares más audaces de la gesta independentista. A fuerza de voluntad y coraje, condujo a sus comba- tientes populares desde los llanos del río Arauca, vadeando ríos y pantanos, hasta las cumbres nevadas de la cordillera de los Andes, a cinco mil metros sobre el nivel del mar, para luego descender sobre Bogotá y expulsar a los españoles.

Mientras tanto, en España, el ejército imperial sufría otro severo golpe, pues las tropas de refuerzo que el rey había ordenado trasladar a América para combatir a los insurgentes se rebelaron el 1 de enero de 1820, lideradas por el general Rafael del Riego.
Alentado por la rebelión del general Riego, el pueblo español arreció sus protestas en contra del despotismo. El 9 de marzo de 1820, Fernando VII se vio obligado a jurar obediencia a la Constitución de 1812, y a prometer que respetaría los derechos de los ciudadanos. Como resultado, se restableció la libertad de prensa en todo el imperio.

jueves, 2 de septiembre de 2010

La identidad americana

Prejuicios raciales en la ilustración

Las ideas de los intelectuales europeo dedicados al análisis racional de los fenómenos naturales y sociales, fueron confluyendo en una vasta corriente de pensamiento que conocemos como la “Ilustración”. Uno de sus aspectos fue el desarrollo de nuevas teorías sobre la relación entre el ser humano y la naturaleza. Estas teorías significaban un gran avance con respecto a la visión del mundo predominante durante la edad media.

Sin embargo, también reflejaba los prejuicios raciales, compartidos por la mayoría de los europeos, con respecto a los habitantes de sus imperios coloniales. En consecuencia, hirieron la sensibilidad de los criollos americanos y fomentaron su deseo de independencia delas metrópolis europeas.

El pensamiento antropológico del siglo XVII se vio marcado por las ideas del naturalista francés Georges-Louis Leclerc Buffon, quien publico en 1749 una obra titulada Historia Natural del Hombre. De acuerdo a Buffon, cada especie viviente cuenta con un prototipo perfecto, y las “variedades” derivadas de es modelo ideal eran resultado de un proceso de degeneración, provocado por la influencia del clima, la alimentación o las costumbres.

Según Buffon, el prototipo de la perfección humana era el europeo, pues el clima templado predominante entre los 40 y 50 grados de latitud ofrecía a la especie mejores condiciones de desarrollo. Por tanto, los diferentes pueblos descritos en los relatos de viajes de exploración, en la literatura de misioneros o informes de funcionarios coloniales, eran variedades “inferiores” de la humanidad.

En su Historia Natural del Hombre, Buffon describió América como un continente frío y húmedo, argumentando que había emergido de las aguas del mar mucho mas tarde que el continente europeo. Por tal razón los animales inferiores de sangre fría, como los reptiles e insectos, alcanzaban allá proporciones monstruosas, mientras que los mamíferos superiores habían desaparecido, o bien, perdido su fuerza y corpulencia.

Peor aún – aseguraba Buffon – como resultado del clima malsano, los hombres americanos tenían el corazón helado, carecían de pasión por sus en hembras y de amor por sus semejantes. La frigidez del hombre americano era una suerte de “mancha original” que explicaba escasa concentración demográfica en el Nuevo Mundo, y por ausencia de civilizaciones comparables a las de Europa.

Muchos pensadores de la ilustración coincidieron con las tesis de Buffon, por ejemplo, Monstesquieu sostuvo que sería muy difícil, si no imposible, implantar instituciones libres en las regiones tropicales, ya que el clima cálido degradaba las facultades morales y físicas de los seres humanos de manera irreversible, haciéndolos perezosos y apáticos.

Se aseguraba, además, que los descendientes de los europeos, nacidos en el ambiente malsano del continente americano, sufrían un proceso de degeneración similar al de los aborígenes. En consecuencia, los criollos eran tan indolentes e incapaces de gobernarse a sí mismos como los indios, negros y mestizos.

Estos prejuicios raciales y culturales impregnaron las obras sobre historia de América más difundida en aquella época, tal como la escrita por el escocés William Robertson, que circuló masivamente como una obra clásica en los siglos XVIII y XIX.

Patriotismo criollo

La difusión de las teorías de Buffon, coincidieron con la expulsión de la orden de los jesuitas de Hispanoamérica, decretada por el rey Carlos III de la dinastía de los Borbones. Es decisión, que obedecía al interés de la corona española de fortalecer su autoridad y subordinar a los sectores más poderosos de la Iglesia Católica, tuvo un efecto inesperado.

Muchos de los jesuitas expulsados de Hispanoamérica eran miembros de las familias de la élite criolla. El destierro despertó en ellos una punzante nostalgia, inspirándolos a escribir numerosas obras para defender la naturaleza y los habitantes de los territorios americanos donde habían nacido.

El más extenso e influyente alegato contra las tesis de Buffon fue la Historia Antigua de México, escrito por el jesuita Francisco Javier Clavigero. Así mismo, el canto a la naturaleza del Nuevo Mundo se convirtió en un tema central en la poesía criolla de fines del siglo XVIII. Una de sus primeras expresiones fue Rusticatio Mexicana, escrito en Italia por otro de los jesuitas exiliados, el criollo guatemalteco Rafael Landívar y Caballero.

Andrés Bello, quien residía en Inglaterra en víspera de la Independencia, publico en El Repertorio Americano varios poemas en torno a este tema, como la silva a “La Agricultura de la Zona Tórrida”. En “Alocución a la Poesía” expreso otro tema favorito de la época: el contraste entre la decadencia de Europa, donde la corrupción se disfrazaba de cultura, con la primitiva inocencia del mundo americano.

El levantamiento en México y Centroamerica.

A partir de 1810, las élites criollas en diversas ciudades y provincias de América del sur empezaron a destituir por la fuerza a los funcionarios coloniales y a organizar sus propias Juntas de Gobierno autónomas. El gobierno español ordeno a los jefes de los ejércitos coloniales castigar con dureza estos movimientos juntistas, pero las expresiones de descontento pronto estallaron también en México.

En 16 de septiembre de 1810, Miguel Hidalgo, párroco del pueblo de Dolores, inició una masiva insurrección indígena, demandando la abolición del tributo y la esclavitud. A su muerte, otro cura revolucionario llamado José Morelos asumió el liderazgo de los insurgentes, exigiendo la independencia de España y la redistribución de la tierra.

En noviembre de 1811, la aparente tranquilidad de Audiencia de Guatemala llegó a su fin. En El Salvador, León, Granada, Rivas y Masaya, el pueblo se sublevó exigiendo la destitución de las autoridades españolas, rebaja de impuestos, supresión de monopolios, abolición de la esclavitud, libertad de prisioneros políticos, entre otras demandas.

En Nicaragua la rebelión empezó el 13 de septiembre, cuando unas ocho mil personas armadas de puñales, machetes y paños, rodearon la casa del Gobernador, exigieron su renuncia y crearon su propia Junta de Gobierno. Pero, extrañamente, después ofrecieron la presidencia de la Junta Provincial al Obispo Nicolás García Jerez. ¿Querian demostrar que su deseo de autonomía no era incompatible con su fe religiosa? ¿Pensaron que asi se protegerían de la furia del Capitan General?

Es difícil adivinar sus intenciones, pero en todo caso sabemos que enviaron una carta al capitán General José Bustamante notificándole su decisión de deponer a las autoridades españolas, pero asegurando que seguían siendo fieles a Fernando VII, aunque ése se hallara prisionero en Francia.

El ejemplo de los leoneses se regó como polvora a otras ciudades de la provincia. El 22 de diciembre, los granadinos destituyeron a todos los funcionarios españoles, y obligaron a algunos criollos principales a renunciar a sus cargos en el Ayuntamiento. Igual ocurrió en Rivas, el 23 de diciembre. Además, el 8 de enero, los rebeldes tomaron por asalto el Fuerte de San Carlos, situado en la boca del Río San Juan, y encarcelaron a los jefes militares españoles.

El 20 de febrero de 1812, el Obispo logró mandar una carta secreta al Capitán General, pidiéndole dos mil soldados para aplastar la sublevación. Bustamante movilizó de inmediato tres batallones que se encontraban acuartelados en El Salvador, Honduras y Costa Rica. Ante el inminente ataque, los rebeldes de Leon y Rivas aceptaron reconocer la autoridad de los funcionarios coloniales y, a cambio, el obispo les prometió que no serían perseguidos.

Por el contrario, los granadinos opusieron resistencia armada al ejército colonial. Finalmente, el 25 de abril aceptaron deponer las armas y acogerse al ofrecimiento del Obispo de que serían perdonados. Sin embargo, el capitán General violó el acuerdo y ordenó capturar a un gran número de los rebeldes.

Los principales dirigentes fueron llevados en cadenas hasta Guatemala para ser enjuiciados. Dieciséis personas fueron condenadas a muerte, nueve a presidio perpetuo, y otras ciento treinta y tres mas recibieron penas de varios años de cárcel y confiscación de sus propiedades – entre ellas una valiente granadina llamada Josefa Chamorro.

El maltrato a los prisioneros granadinos generó aún más descontento en Centroamérica. Un grupo de patriotas que reunían secretamente en el Convento de Belén, en ciudad Guatemala, elaboró un plan para apoderarse del cuartel de armas, sublevar al pueblo y liberar a los presos. Uno de sus dirigentes era el sacerdote indígena Tomás Ruíz, originario de Chinandega, quien era admirador del cura revolucionario mexicano José Morelos, y difundía sus proclamas.

Lamentablemente, fueron traicionados por un delator y condenados a muerte o cadena perpetua. A raíz de esta conspiración, Centroamérica cayó bajo el “Terror Bustamante”, tal como se llamó al periodo entre 1813 y 1817, marcado por los abusos y persecuciones desatadas por el Capitán General.